La era de las malas noticias

Basta con un clic para iniciar o terminar una amistad, negocio, pelea, cita virtual o una relación sentimental. Estamos en la nueva era de las malas noticias, en la que el ordenador es dueño de un mundo paralelo que esconde siniestros individuales; no solo en el plano romántico o de la construcción de relaciones interpersonales, estamos cargados de malas noticias que inundan nuestra cabeza en una nueva sicosis colectiva, alimentada por Internet, los periódicos, la radio y la televisión. Estamos inundados y violentos, nadando entre la sed de venganza, la ironía destructiva y la justicia a mano propia.
La era de la ‘propaganda’, saturarnos de ideas, omitir conceptos, nombrar cómo única y sólida verdad la que se tenga como fin reproducir, enaltecer, consolidar. Se usó con fines religiosos, políticos, bélicos (prototipo de la segunda guerra mundial).
Está a la orden del día, se alimenta de las redes sociales, los medios de comunicación, el chisme de barrio, éste incluso más peligroso: hacer un juicio de alguien, llegar a una conclusión, tomar una decisión, sin escuchar los argumentos, la contraparte, al otro vecino. Repetir como máquinas, no cuestionar, dar por hecho algo que se dice en masa, sin tomar la iniciativa de buscar, investigar y comprobar, omitir el viejo refrán de “ver para creer”. La eliminación de los cinco sentidos que nos han otorgado desde que somos concebidos, y no por casualidad sino para ser usados.
En la era de la respuesta sin meditación nos hemos convertido en esporádicos sentimentales. A veces cuando me desconecto no solo de la tecnología sino de mi propia existencia, recuerdo lo bien que se siente caminar entre los bosques, respirar el aire frío y soñar con los ojos, porque a través de ellos construimos gran parte de nuestros conceptos. Pero el ver, hacer y sentir, deberían estar conectados. Intentemos cambiar la dinámica,  así creamos que lo bueno está extinto, creer que podemos conectarnos nuevamente en un intento por moldear nuestra existencia.
Nos guste o no, es inevitable que mutemos y con ello todo cuanto nos rodea, las ideas, las formas de ser, pensar, hablar, actuar y construir. Por esto nos asombra ver la rapidez del cambio y al mismo tiempo la repetición de patrones a lo largo de la historia. El mundo que creíamos conocer es transformado todos los días.
Es difícil apartarse y no volver al principio del clic. Hay gente que intenta vivir en lo que consideran una época mejor, apartarse del ordenador, el móvil, de la misma idea de volver a disfrutar de una vida que está allí mirándonos de frente; pero que nos perdemos por distracciones como estas. Hace unos días comencé a hacer el ejercicio de no usar el teléfono en mi ruta de bus hacía el colegio, solo para ver los rostros de aquellos que muchas veces pasan inadvertidos. Esto me permitió apreciar desde la ventana un mural hermoso que con los meses fue demolido, la poca interacción de los demás, la mayoría por el afán del día, la apremiante tecnología y otros por el desinterés propio de su cultura.
Cuesta trabajo desprenderse completamente de esta realidad, la misma que me ha permitido hoy compartir esta batalla interna por salir de la monotonía, ese espacio en blanco con ganas de ser dibujado, aquel que llegará a otros a través de este medio y que posiblemente no cambie en nada el orden del día, pero era necesario recordarlo. Se puede vivir desde otro ángulo, disfrutando de lo cotidiano de la forma tradicional, se pueden generar ideas y desarrollarlas a través de herramientas de las que hoy dependemos para este fin sin vivir como máquinas, haciendo uso y razón de nuestra condición humana, pensar y actuar con sentido.