Inmigrante, Primer año


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"Y ella dijo, tengo que irme". 


Durante la migración de las aves siempre hay una que se queda atrás, toma una pausa mientras se pregunta ¿por qué todas van hacia la misma dirección?. Siendo el mundo tan grande, amplio en opciones, provisto de los más grandes misterios, ¿qué hay más allá?, ¿cómo se ve la gente?, ¿qué comen?, ¿en qué idioma se comunican?.

Es en ese preciso momento, entre la pausa de una pregunta y otra,  cuando surge la  más importante de todas: ¿Qué pasaría si decido  ir hacia el otro lado?, si en cierta forma desertamos, si es que ese término puede explicar el impulso rapaz que corre por nuestras venas en un intento por cambiar esa realidad monótona que parece no tener fin. Mudar los hábitos, mutar, florecer.

Al salir de la bandada, manada, del círculo; al cruzar el horizonte del alma, alzar el vuelo y hacer las maletas, el mundo no vuelve a ser el mismo, por eso hoy quiero celebrar esta decisión de volar tan alto y profundo como Dios me lo ha permitido, como mis sueños me condujeron, por el resultado de las circunstancias, los esfuerzos, el azar, la tragedia; a mi y a tantas personas que por diversas razones ya no están en su entorno.

El proceso de inmigrar es como el de volver a nacer,

  y aunque para todas las personas las causas sean diferentes: empleo, amor, estudio, búsqueda de oportunidades, etc; en la práctica cada uno experimenta etapas graduales de satisfacción o desagrado, éxito o rechazo.

Cada día se convierte en un paso más para seguir o retroceder en nuestra propia versión de escaleras y serpientes (conocido juego de mesa), en el que de un momento a otro nos deslizamos o encontramos una salida que nos lleva tres escalones más adelante o incluso dos pisos más arriba.

Cada día hay que tomar fuerza para lograr las metas. Alimentarse de calma y paciencia (esa que pocas veces tenemos) aún en los momentos más críticos, cuando alistamos la maleta de manera fugaz para un posible retorno producto del cansancio. Hay que tomar aire y volver a empezar. ¿Por qué?, porque volver en la mayoría de casos no es una opción.

Nos convertimos en ocupantes de un espacio subjetivo, en el que no somos de aquí ni de allá; adoptamos costumbres, pero seguimos comiendo lo nuestro, aunque sea caro y difícil de conseguir, pensando en nuestra lengua y anhelando nuestra tierra. Dicen algunos “expatriados” que al visitarla, se entra en un estado de shock en el que se ama pero no se reconoce, y se comienza a extrañar la rutina de la nueva realidad.

Afuera

El mayor reto de un emigrante no es dejar su país, sino construirse una vida en el nuevo lugar. El proceso de emigrar es una lucha constante por abrirse paso entre las gentes que son ajenas, al lado de los indiferentes y al frente de los que están en esa misma lucha por sobrevivir al proceso, a las metas y a las expectativas. Desde mi experiencia puedo decir que es vital durante este desarrollo las personas que están a tu alrededor, pues en algunos casos se toman de modelo a seguir o por el contrario te arrastran junto a su propia inestabilidad; por ello, es importante saber con quien relacionarse y en qué medida.

Afuera la situación por su carácter ajeno es de constante aprendizaje y supervivencia. Al final del día podrás ver que ciertos hábitos, formas de pensar, o algunas acciones atentarán contra esa lucha interna que tienes por no dejarte ahogar, por eso lo mejor en cualquier caso es la selectividad entre lo que escuchas y haces, ya sabes que no todos somos iguales y por ello, no todas las oportunidades vienen servidas de la misma manera. Así que al escuchar una negativa recuerda que tu caso puede ser la excepción de la regla, sin dejar de darle importancia a la experiencia del otro, siempre es bueno escuchar y optar por balancear las decisiones.

Despertar ¡Aquí!

Ahora que veo con los ojos más despiertos a la realidad y no tan enceguecidos por la emoción primaria que incluye la llegada y la aventura de empezar en otro lugar, he de decir que aquello que se repite como una premisa consolidada que “es de valientes el salir del círculo”, se queda corto ante todo lo que he podido ver y experimentar y a través de las historias de otros.

“Desde aquí o como otros dirían “allá”, he comprendido el valor de lo que soy, del calor del sol, el amor, esa esencia que nos hace únicos y que solo entendemos desde afuera. El tiempo nos enseña a valorar desde la distancia, anhelar y a seguir adelante.  Por otro parte, despertar en otro lugar es emocionante, desde aquí he podido conocer el concepto de paz y tranquilidad, que en esencia no corresponde a un lugar específico sino a nosotros mismos, pero que ayuda en gran manera las reglas y organización de nuestro país de acogida. Sentirse en paz con uno mismo es esencial para perseguir aquellos proyectos que emprendemos.

 ¿Cómo nos vemos? 

Esta pregunta es clave para poder ubicarnos en este nuevo espacio. Saber quienes somos, conocer nuestras fortalezas y debilidades. Considero que existen miedos que traemos aferrados a la piel, porque culturalmente nos han vendido la idea de que todo es imposible y nos hemos contagiado de una mentalidad  negativa al cambio y que se ve reflejada en diferentes ámbitos; no lo justifico, pero no es para menos, crecimos en una sociedad distinta, muchas veces violenta, con información errónea, repitiendo lo que se dice y desconociendo otras realidades por el mismo aislamiento y las pocas posibilidades. Por esto, verse con ojos de valor es esencial para poder resistir el cambio, alimentar las ganas y como diríamos en Colombia “echar pa’ lante”.

Hay comportamientos de nuestra misma esencia que no se pueden negar, es inevitable verlos en nosotros mismos y en nuestros compatriotas,  hacen parte de lo que somos pero es indispensable evitar la repetición de patrones de conducta que dan al otro cabida para la construcción de un imaginario colectivo estereotipado, que nos encaja y desmotiva muchas veces.  Lo mejor que podemos hacer adecuarnos a las reglas y a la vida en una sociedad diferente sin dejar de ser nosotros mismos pero haciendo énfasis en entender al otro, un concepto tan poco interiorizado en cualquier parte del mundo. Tu opinión cuenta, pero la del otro también.

¿Cómo nos ven?

La xenofobia no es una cuestión de nacionalidades y/o culturas sino de personas. A donde quiera que vayamos desafortunadamente en algún momento ha de aparecer, porque los seres humanos cometemos errores y no estamos acostumbrados a considerar al otro, a ponernos en sus zapatos. Personalmente como colombiana he vivido el típico señalamiento que ya se volvió costumbre: el de la droga, pero he descubierto que la gente se agrupa y se llena de ideas mayormente por el agravio de una situación, la comercialización mediática del mismo y los estereotipos.

La primera vez que salí del país en mi “viaje de mochilas” me pasaron situaciones desagradables que en principio me hicieron sentir mal, pero con el tiempo empecé a entender el por qué y a tratar de qué me afectara menos. Siempre nos pasa, no somos de piedra así que es completamente normal sentir incomodidad o hasta el ego herido, pero no se trata de si somos menos o  más que otros, ya sea por el color de piel, el dinero o el lugar de donde venimos. Es cierto y no lo oculto, se viven momentos de exclusión o señalamiento social, pero no debemos tampoco estar predispuestos a que siempre será lo mismo. La mayoría de mis coterráneos han aprendido a hacerle frente a estas situaciones que la mayor parte del tiempo son por ignorancia y por falta de algo llamado empatía.

Mi reto para combatir esto es muy simple, dejar de pensar al otro como “alguien raro” y entender que aunque todos tenemos diferentes modos, estilos de vida, creencias, ideas; seguimos siendo humanos, creados en la misma fábrica, con necesidad de respirar, alimentarnos y vivir. Al dejar de señalar aquello que no entendemos, contribuimos enormemente a cortar con la segregación. Pues si nos detenemos a pensar, todos en algún momento lo hemos hecho al calor de la ignorancia o la necedad. Ahora bien, si los afectados somos nosotros, responder de la misma manera o peor no nos hace mejores. Lo digo porque en la mayoría de los casos la respuesta inmediata es la agresión, cuándo entenderemos que la valentía en esta situación está en el modo en que procedemos ante el agravio.

¡Soñar!

Indispensable como la respiración. Aquel que sueña con los ojos abiertos, con el tiempo verá la recompensa. Soñar es grande pero también tiene que ir acompañado de acción, dar el primer paso para que las cosas sucedan.

Finalmente, quisiera decir que el mundo no tiene dueño, solo fronteras mentales y físicas que intentamos cruzar todos los días. Ver con  los ojos y el alma, los imaginarios propios y adheridos de nuestra realidad y la del otro nos ayudará a entender el camino. Es emocionante ser testigo de otras vidas, formas y maneras; aprender a discernirlas y  convertir las mejores  en propias a través de la experiencia. En la soledad aprendemos mucho de nosotros mismos, por eso he aprendido que para caminar se necesitan más que pies, alas que nos lleven tan alto y tan lejos como se nos permita.

Feliz aniversario,  feliz regreso aquí o allá.

Andrea Delgado.