Día 974

Han pasado dos años y  ocho meses desde que descargué dos maletas pesadas en Schiphol, el aeropuerto de Ámsterdam. Estaba enferma, tuve fiebre en el avión, fue un viaje largo, más de 12 horas con migraña, sin voz y dolor de huesos.

Llegué casi a media noche. El oficial de inmigración a regañadientes me ayudó con mi equipaje cuando se cansó de ver que no iba a ser capaz de subirlo a la cinta. Señaló las maletas y con un gesto de reprobación me dijo que las tomara del otro lado. 

Mientras cruzaba la puerta pensaba en un video que vi para mi preparación de los exámenes iniciales de neerlandés, los cuales tuve que presentar en la embajada de Colombia, y sin los cuales, el hecho de venir a vivir aquí sería simplemente una frase. Las imágenes eran bastante viejas, quizás de los años 80s. Una rubia de algún país al este de Europa decía en un tono preocupado y sincero (con la sinceridad holandesa adaptada al momento de la grabación), que cuando llegas al aeropuerto “nadie te está diciendo bienvenido, te estamos esperando, ni tampoco te reciben con los brazos abiertos”; seguida de un primer plano de un señor que corría gracioso con maletas en mano, porque lo había dejado el bus justo a la entrada del aeropuerto. Todo esto con la intención de enseñarnos que éste era un país puntual e independiente en el que nadie más que tu se interesaría por ti mientras la vida sigue su curso.

Afortunadamente, yo hacía parte de otra de las categorías de entrevistados; a  mi me esperaba mi rubio de ojos azules afuera en la puerta con un globo que decía ´Welkom Thuis´ (bienvenida a casa) y mi amiga Jaz,  a quien conocí durante mi primer viaje, salvándome de dormir por más tiempo en hostales con 25 personas roncando a mi alrededor.

Luego de la respectiva foto, tomamos un taxi negociado (90 euros) que parecía una maravilla de precio, teniendo en cuenta la hora y que los taxis cobraban para ese momento 130 euros hasta Den Haag (la Haya), mi nuevo hogar.

El conductor era  un chico turco, estaba alegre y extasiado porque el rubio ahora viviría con una colombiana y viceversa. Maravillado nos miraba por el retrovisor mientras hablaba del viaje que haría pronto a Medellín con sus mejores amigos. Nos preguntaba detalles de la relación y de las aventuras del holandés en Cartagena durante su primera visita a Colombia. Aunque por momentos era gracioso, me alegra que no le entendiera nada de lo que decía, porque entre el dolor de cabeza y el viaje de 50 minutos, la ansiedad por lo que venía y el cansancio no tenía muchas ganas de hablar.

Al llegar a casa, mi compañero le pidió al taxista que lo llevara a un cajero pues no tenia ‘sencillo‘ porque  aquí en los Países Bajos es una costumbre pagar  todo con PIN, hasta la fruta en las casetas de la calle. Empezaba a aprender que este sistema electrónico de tarjetas bancarias, era imprescindible y que mi costumbre de no salir de casa con al menos algo de dinero y para el transporte no sería necesario por aquí. “El dinero en efectivo  es cosa del pasado“, escuché decir a un connacional hace unos días.

Pagué el taxi con el dinero que traía y el chico se retiró sonriente. Quedamos nosotros dos y cuatro más frente a la puerta del edificio: las maletas, mi cansancio, el ‘viejo mundo’, y la nueva aventura no solo de emigrar, sino de empezar una vida con alguien por primera vez, alguien completamente diferente a mi. (Las relaciones ya por cierto son complicadas pero una relación multicultural tiene su proceso que diariamente implica converger en algún punto con mayor esfuerzo para no enloquecer :D).

Ilustración de un paisaje típico Holandés.

Algunas personas me habían comentado que cuando llegas a vivir a Holanda, los vecinos tocan a la puerta de tu casa y entregan un presente de bienvenida. No sé si esa costumbre se extinguió con el tiempo o se deba a que vivo en una ciudad donde la mayoría de personas son extranjeros y no locales (refiriéndome netamente a los holandeses. Este es un tema del que les hablaré después, porque este país es multicultural así que un holandés puede ser perfectamente una persona con ascendencia Indonesa, Suriname, Paquistaní, etc… pero en este caso me refiero a los blancos germánicos de ojos claros).

Volviendo al tema, no recibí ningún regalo de bienvenida (risas); es más, aún no conozco a ningún vecino, apenas si nos cruzamos y no todas las veces me saludan. Durante este tiempo solo he visitado una vez la casa de una chica muy amable de Costa Rica.  Tres veces me saludó en la calle con cierta familiaridad y yo me quedaba perpleja porque todo el tiempo pensaba que me estaba confundiendo con alguien más. Un día a través de la puerta del balcón me di cuenta que era mi vecina y que hablaba español. 

Esa es la vida por aquí, una vida solitaria donde he escuchado discusiones, gritos y silencios. Pero la gente no se inmuta. Por momentos me he asombrado de la invisibilidad que te acompaña, que he empezado a escribir relatos con el título de ‘Los invisibles‘. Escribo esto no con ánimo de desánimo, sino más bien para recordar como fue esa primera impresión al llegar a los Países Bajos. Le Hice esta pregunta a varios colombianos que he conocido aquí, y la respuesta casi siempre es la misma: la primera impresión es que es un lugar muy limpio y silencioso. Otra respuesta llamó mi atención porque una chica dijo que le asombraba ver la cantidad de autos estacionados -todas las calles tienen una zona de parqueo y se paga en una máquina que te cobra por horas- y ni hablar de las bicicletas que parecen haberlas clonado.

Hoy es mi día 974  viviendo en NL. La perspectiva de todo ha ido cambiando de tonos, colores y diagramas a medida que pasa el tiempo y con las experiencias; así como la vida en cualquier lugar del mundo, transformamos nuestras ideas mientras alimentamos otras. Hoy llueve a cántaros en este verano, el más frío a mi parecer. He mal contado siete días de sol intenso.

Empezaré a deshilar las historias poco a poco, tengo mucho que contar. A la fecha llevo cinco diarios completos con anécdotas, frases y momentos que compartiré mesuradamente con ustedes. Hoy es mi día 974 y cierro este relato con un correo que acabo de recibir de la homologación de mi título universitario. Con la esperanza de que pronto algo más suceda, el frío por la ventana y una cita a tomar café a la una de la tarde con una paisana colombiana; a indagar, sentir y a seguir aprendiendo; a recordar a mi país a través de su risa y  la espontaneidad que lleva inmersa en su piel, de una Cali que he conocido aquí al otro lado del mundo.